martes, 20 de enero de 2026

  ANSIEDAD Y DEPRESIÓN INFANTIL CAMBIAN DE ROSTRO: ESPECIALISTAS ALERTAN SOBRE SEÑALES TEMPRANAS POCO VISIBLES

     La depresión infantil ya no se expresa con tristeza; irritabilidad, bajo rendimiento y síntomas físicos son hoy las principales señales de alerta.

     Más de tres horas diarias de celular se asocian con mayor riesgo de ansiedad y depresión en niños, advierten especialistas.

La depresión y la ansiedad en niños y adolescentes están adoptando nuevas formas de manifestarse, muchas de ellas menos evidentes para las familias y el entorno escolar. Hoy, estos trastornos no siempre se expresan con tristeza o llanto constante, sino con irritabilidad persistente, bajo rendimiento académico, molestias físicas sin causa médica aparente y un aislamiento progresivo, señales que con frecuencia se confunden con “etapas normales” del desarrollo o problemas de conducta.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada siete niños y adolescentes entre los 10 y 19 años presenta algún trastorno de salud mental, siendo la ansiedad y la depresión los más comunes. En América Latina, datos de UNICEF indican que cerca del 20 % de los adolescentes reporta síntomas compatibles con estos trastornos, una cifra que ha mostrado una tendencia creciente y que preocupa por su impacto directo en el desarrollo emocional, social y académico.

En este contexto, especialistas del Hospital Infantil Universitario de San José (HIUSJ) coinciden en que el uso intensivo del celular y de las pantallas se ha convertido en un factor que puede agravar o acelerar la aparición de síntomas depresivos y ansiosos en la población infantil, aunque su impacto no siempre es inmediato ni fácil de identificar.

Señales que no deben minimizarse

Más allá de la presencia aislada de ciertos comportamientos, los expertos subrayan que el principal criterio de alerta es el cambio sostenido frente al estado previo del niño. Cuando la irritabilidad, el desinterés o el deterioro académico se prolongan en el tiempo, se intensifican y afectan áreas clave como la vida escolar, las relaciones sociales o la dinámica familiar, dejan de ser manifestaciones transitorias del desarrollo y requieren una evaluación especializada.

“El criterio clave no es solo la presencia del síntoma, sino su duración, intensidad y el impacto que tiene en la funcionalidad del niño, especialmente cuando hay un contraste claro con su comportamiento previo”, explica el Dr. Mateo Benítez, especialista en Psiquiatría del Hospital Infantil Universitario San José.

Uno de los factores que más dificulta la detección temprana es que, en la infancia, el malestar emocional suele expresarse a través del cuerpo. Dolores abdominales recurrentes, cefaleas frecuentes, cansancio extremo, mareos o dolores musculares sin una causa médica clara pueden ser manifestaciones de ansiedad o depresión, y con frecuencia conducen a múltiples consultas antes de que se considere una valoración en salud mental.

Aunque el celular se ha integrado de forma natural en la vida cotidiana de niños y adolescentes, su uso excesivo puede tener efectos profundos en el bienestar emocional. La evidencia científica ha identificado una relación entre la exposición prolongada a pantallas y alteraciones del sueño, menor tolerancia a la frustración, cambios en los circuitos de recompensa del cerebro y una mayor vulnerabilidad a la comparación social, especialmente en edades tempranas.

“El impacto del celular no suele ser inmediato ni evidente. Se manifiesta de forma progresiva cuando el niño presenta alteraciones del sueño, se muestra irritable al ser apartado de las pantallas y comienza a preferirlas sobre actividades que antes disfrutaba, afectando su autoestima y su capacidad para manejar la frustración”, advierte el Dr. Benítez.

Estudios recientes publicados en la revista científica JAMA Pediatrics señalan que los niños que pasan más de tres horas diarias en pantallas recreativas tienen un mayor riesgo de presentar síntomas depresivos y ansiosos, particularmente cuando el uso se concentra en redes sociales y videojuegos durante la noche.

Para muchas familias, estos cambios pasan desapercibidos o se normalizan, en parte por la dificultad para diferenciar entre hábitos propios de la era digital y señales de alerta clínica. La falta de comunicación dentro del hogar y la percepción del celular como una herramienta de entretenimiento o regulación emocional pueden retrasar la búsqueda de ayuda profesional.

El regreso a clases o los cambios en la rutina académica suelen representar momentos críticos para la salud mental infantil. Si bien es esperable cierto nivel de ansiedad inicial, los especialistas recomiendan prestar atención cuando aparecen crisis de llanto o pánico, negativa persistente a asistir al colegio, síntomas físicos intensos antes o durante la jornada escolar o conductas regresivas.

La recomendación clínica es clara: cuando los síntomas se prolongan por más de dos semanas, interfieren con la vida cotidiana del niño o se acompañan de ideas de culpa, minusvalía o muerte, es fundamental realizar una valoración profesional oportuna.

Minimizar estos signos o atribuirlos exclusivamente a problemas de comportamiento puede tener consecuencias a largo plazo. La depresión y la ansiedad no tratadas en la infancia se asocian con baja autoestima, conductas autoagresivas, dificultades en las relaciones sociales, abandono escolar y mayor riesgo de trastornos mentales en la adolescencia y la adultez.

Desde la psiquiatría infantil, el mensaje es contundente; identificar y abordar estos síntomas de forma temprana mejora significativamente el pronóstico, reduce el impacto académico y emocional, y permite a los niños desarrollar herramientas saludables para enfrentar el estrés y los desafíos propios de su etapa vital.

En un entorno cada vez más mediado por la tecnología, el llamado del Hospital Infantil Universitario de San José es a no subestimar los cambios emocionales y conductuales, fortalecer los espacios de comunicación familiar, regular el uso de pantallas y priorizar la salud mental infantil como un componente esencial del bienestar integral.

 

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