jueves, 13 de noviembre de 2025

DE LA TRAGEDIA AL RENACER: EL LEGADO DE ARMERO Y LA MISIÓN DE EL MINUTO DE DIOS

Cuarenta años después, aún permanece viva en la memoria de millones de colombianos una de las catástrofes naturales más desgarradoras que ha enfrentado nuestro país: la tragedia de Armero, ocurrida el miércoles 13 de noviembre de 1985.

A las 9:29 p.m., una explosión en el Volcán Nevado del Ruiz provocó el desprendimiento de aproximadamente el 2 % del glaciar que coronaba su cima. Este súbito deshielo desencadenó el crecimiento violento de los ríos Lagunilla, Chinchiná, Gualí y Azufrado, arrasando con todo a su paso y afectando más de 210 mil hectáreas de tierra fértil.

La furia del agua dio lugar a una segunda avalancha. Una corriente imparable de lodo, rocas y árboles que sepultó vidas, hogares y esperanzas. Cerca de 23.000 personas murieron o desaparecieron, lo que representaba el 94% de la población de Armero, 40.000 mil más resultaron heridas y 230.000 damnificadas por la emergencia.

Fiel a su vocación de servir a los más necesitados, El Minuto de Dios respondió de manera inmediata a la emergencia con atención humanitaria y espiritual, llamando a la solidaridad a millones de colombianos y reconstruyendo ladrillo a ladrillo lo que el volcán, el agua y el lodo se llevaron.

Así lo relata el Padre Diego Jaramillo Cuartas, cjm, en su libro Una vida y una obra, donde evoca el legado del Siervo de Dios, Padre Rafael García Herreros.

En todas direcciones se contemplaba dolor y desolación: el templo parroquial de Armero, la clínica siquiátrica, el serpentario, las viviendas, todo se borró del paisaje. Sólo quedaron barro y silencio. Del antiguo centro agrícola y ganadero apenas permanecía el cementerio, en un cerro aledaño, con los pocos sobrevivientes que lograron refugiarse en medio de las tumbas.

El fango aprisionaba a muchos armeritas, a veces irrescatables, como la niñita Omaira Sánchez, a la que no se pudo salvar a pesar de los esfuerzos por llegar hasta ella. Sumergido su cuerpo en el lodo, de sus labios brotaban palabras de serenidad y plegaria que la convirtieron en el emblema del valor y de la superación de la tragedia.

Enterada Colombia del inmenso desastre y pasado el estupor, brotaron la solidaridad y el amor fraterno. El Minuto de Dios organizó en Bogotá un hospitalito de emergencia para recibir heridos del cuerpo y del espíritu, que eran todos los que llegaban, y orientarlos, luego de darles los primeros auxilios, a diversos centros de atención. Después se inició la recolección de ropa y alimentos para enviar al Tolima.

“Ǫueremos”, dijo el Padre Rafael García Herreros en la televisión el día 1c, “decirles a todos que los estamos acompañando, que quisiéramos estar a su lado, que quisiéramos abrazarlos, que quisiéramos lavarles el lodo de la inundación y tenderles a todos las camas limpias para que durmieran esta noche en paz. Ǫuisiéramos tenderles a todos una mesa con pan limpio y vino generoso para consolarlos. Ǫuisiéramos a todos mejorarles lo más pronto posible su casa”.

El país entero respondió. Cerca de mil millones de pesos fue el recaudo de los particulares y de las empresas privadas. Por supuesto que El Minuto de Dios no fue la única entidad que trabajó, pero sí fue una de las más comprometidas con los habitantes de la zona afectada por las avalanchas, y de las más reconocidas por ellos.

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